A veces, una pequeña cosa, algo que parece insignificante, puede abrir un mar de sentires si le damos lugar y nos dejamos revolcar por esa ola. Recordemos que cada ola que nos da vuelta también nos fortalece cuando volvemos a ponernos de pie.
El sábado pasado dimos con unas amigas una charla gratuita sobre bioenergética. Cuando estábamos organizándola y definiendo los roles, no me sentí del todo cómoda con el que me había tocado. Al principio dudé si decirlo; sabía que podía adaptarme y la charla ya estaba encima, así que no quería “hacer un escándalo”. Finalmente, expresé mi incomodidad. ¿Y qué recibí del otro lado? Palabras de amor y de entendimiento.
Sin embargo, mi cuerpo quedó tomado: el pecho cerrado, picazón en los ojos, un nudo en la boca del estómago. Había aparecido un recuerdo guardado en los bordes de mi memoria: yo, de niña, llorando en público por algo que me incomodaba, y recibiendo como respuesta un reto acompañado de un “no hagas escándalo”.
Ahí estaba. Ese era el origen de lo que me cuesta expresar. ¿Será que cada vez que muestro mi incomodidad frente a otros lo vivo como un escándalo? Parece que sí.
Por suerte, en lugar de quedarme atrapada en esa angustia, la descargué con un ejercicio de bioenergética que me permitió reconectarme. Ya no soy esa niña que, si dice lo que le pasa, va a ser reducida o silenciada. Cuando encontramos un espacio para expresar lo que sentimos con libertad, después podemos decir lo que nos pasa sin desbordarnos. Porque, seamos honest@s, a veces es necesario hacer un buen escándalo.
El tema es que, si no expresamos libremente cuando algo nos molesta, tampoco lo vamos a hacer cuando algo nos entusiasma. Porque cuando algo nos entusiasma de verdad, merece que hagamos un poco de ruido. Y ahí aparece otro recuerdo: alguna vez que me pidieron que me callara porque estaba haciendo “alboroto” por algo que me emocionaba. Otra vez, el escándalo.
Hoy descubrí que entusiasmo viene del griego enthousiasmós, que significa “inspirado por los dioses”. Es decir, cuando limitamos nuestro entusiasmo para no hacer escándalo, también estamos limitando esa inspiración divina que quiere expresarse a través nuestro.
La vida es pulso: para poder abrirnos al entusiasmo, también tenemos que permitirnos expresar lo que duele y lo que incomoda. Porque cuando nos cerramos para no sentir lo “negativo”, también nos cerramos a lo que nos expande.
Hoy, en este texto (para que quede registro) me hago una promesa: no reprimir más mi entusiasmo. Quiero llevarlo a fondo, rebalsar de pasión, dejar que el fervor salga por mis poros. ¿Podés prometerte lo mismo? Quizás, si somos más las personas que andamos por la vida irradiando entusiasmo, cada vez sean menos las que nos juzguen de escandalosas.