La semana pasada tuve varias conversaciones sobre el deseo. Aparecía esta idea de que para estar en paz hay que desear y sentir lo menos posible.
Y eso a mi me hace mucho ruido.
El deseo es impulso vital, ¿cómo vamos a estar realmente conectad@s con la vida y con sus posibilidades si dejamos de desear?
La solución nunca va a ser dejar de sentir.
Entonces, ¿por qué el deseo a veces tiene mala fama? ¿Por qué puede incomodarnos, darnos vergüenza o incluso miedo?
Creo que pasan varias cosas:
Por un lado, muchas veces seguimos deseos que no son propios. Deseos impuestos, aprendidos, heredados. Y cuando no estamos conectadas con lo que realmente queremos (o no nos animamos a hacernos cargo) podemos sentir una gran sensación de vacío o sentir el deseo más como exigencia que como dirección.
Otra cosa que puede pasar es que nuestras expectativas no sean acordes a la realidad, entonces perseguir el deseo va a traer un derrumbe de ilusiones lo que genera mucha frustración
Finalmente, nuestro deseo puede generar cierta ansiedad, esto tiene relación con la forma que aprendimos a ir hacia el placer cuando eramos niñ@s. Sobre esto, dice Alexander Lowen:
“Ocurre, por desgracia, que los padres no son solo una fuente de placer; pronto quedan asociados en la mente del niño con la posibilidad del dolor. [...] Tarde o temprano se crean las defensas para reducir esta ansiedad. Pero estas defensas también disminuyen la vida y la vitalidad del organismo.”
Entonces, para no sentir ansiedad, nos defendemos. Pero en esa defensa también se apaga algo de la vida.
Porque el deseo (o ir en búsqueda de lo que nos da placer) es lo que permite que el organismo se expanda, que entre en contacto, que se sienta vivo.
Lowen lo dice así:
“Podemos definir la sensación de placer como la percepción de un movimiento expansivo del cuerpo: apertura, tratar de alcanzar y establecer contacto. Cerrarse, retirarse y replegarse no son experiencias de placer, sino que incluso pueden ser de dolor o ansiedad. Podría producir dolor la presión creada por la energía de un impulso que se encuentra con un obstáculo. La única manera de evitar el dolor o la ansiedad es levantar una defensa contra el impulso. Si se logra suprimir, el individuo no sentirá ansiedad ni dolor, pero tampoco placer.”
Por eso, en bioenergética trabajamos con el cuerpo para ablandar esas tensiones que sostienen las defensas del ego, recuperar la sensibilidad y conectar con nuestro deseo.
Porque un cuerpo sano es un cuerpo deseante.
Si querés empezar a explorar esto en tu propio cuerpo, te dejo una secuencia de bioenergética donde te invito a salir de la cabeza y volver al cuerpo, el lugar donde el deseo no se piensa: se siente:
Y si sentís que querés ir más profundo, podés consultarme por las sesiones 1:1 o sumarte al grupo online de Bioenergética e Integración Somática.