Siento que habría que cambiarle el nombre a la famosa “zona de confort”, porque muchas veces no tiene nada de confortable. De hecho, a veces es profundamente incómoda. Lo conocido no necesariamente nos hace bien. A veces nos quedamos en un trabajo que odiamos porque nos parece estable, en una relación sin amor con tal de no estar solas, o en una carrera que no nos interesa para no decepcionar a nuestros padres. Y la lista podría seguir interminablemente.
Puede que ahí sintamos cierta seguridad, sí. Pero en el fondo sabemos que algo no está bien, algo se siente vacío, apagado, incorrecto. El cuerpo no está a gusto. Por eso llamarlo “zona de confort” me parece injusto cuando no hay bienestar real. Yo más bien le diría “zona de control”.
Son esos lugares en los que preferimos quedarnos porque, como ya los conocemos, creemos tener cierto dominio sobre las circunstancias. Los seres humanos vivimos controlándonos constantemente; así fuimos educados desde pequeños. Y muchas veces ese control se extiende hacia otras personas, hacia los vínculos, hacia lo que sentimos, hacia el futuro. Pero detrás de esa necesidad de control lo que suele esconderse es un miedo enorme.
En bioenergética vemos cómo ese control se manifiesta en el cuerpo: respiración reducida, mandíbula apretada, pecho cerrado, caderas tiesas, cola fruncida… Todo lo que hacemos para intentar sostener el control va limitando nuestra capacidad de experimentar la vida con todos sus matices.
Como dice Trabajos reichianos de crecimiento:
“Terminamos identificándonos con dicho control. La sensación de tensión pasa a formar parte de nuestra experiencia básica permanente y la relajación plena nos parece una amenaza contra nuestra vida, como si con ella pudiéramos fundirnos y derretirnos hasta desaparecer.”
Gran parte de mi vida sufrí insomnio. El peor momento fue durante una depresión, mi cuerpo estaba tan alerta que podía pasar días sin dormir. Por supuesto que la medicación ayudó, pero al mismo tiempo yo estaba comenzando la formación en bioenergética y gracias a ella entendí que gran parte de mis dificultades para dormir tenían que ver con mi incapacidad de soltar el control, con el miedo a entregarme por completo (el bruxismo, por ejemplo, también tiene mucho que ver con esto).
Todavía hoy sigo enseñándole a mi cuerpo que relajarse y soltarse no implica un peligro real; muchas veces, de hecho, puede ser profundamente placentero.
Entonces nos identificamos tanto con ese estado de tensión y vigilancia que salir de la llamada “zona de confort control”, aunque implique crecimiento, expansión o más vida, se vuelve aterrador, porque significa modificar las bases mismas de nuestra identidad.
En uno de los encuentros del grupo de Bioenergética e Integración Somática, una de las chicas dijo que para ella, fluir con la vida es dejar de resistirse.
Y creo que dio en el blanco.
Quizás fluir con la vida se trate de dejar de gastar tanta energía intentando controlar lo incontrolable.