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“Nacer es una alegría que duele”

Hace semanas estoy sintiendo una intensidad emocional que me desarma una y otra vez.

“Nacer es una alegría que duele”

Hace semanas estoy sintiendo una intensidad emocional que me desarma una y otra vez. Mis mecanismos de defensa están alertas. Ya los reconozco y, a veces, los dejo ser porque sé que solo quieren protegerme. Pero después de que hacen sonar la alarma de emergencia, les pido que bajen las armas, porque para crecer necesito reconocerme vulnerable.

Hoy, cuando abrí el cuaderno para ponerme a escribir, se me vino a la mente este texto de Eduardo Galeano:

LA PEQUEÑA MUERTE

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. "Pequeña muerte", llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. "Pequeña muerte", la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

Estoy dispuesta a nacer y morir las veces que sean necesarias para abrirme a la vida, al placer y al amor.

Abrir el corazón duele, porque hay que ablandar tantas corazas que lo defienden, pero prefiero sentir el dolor, el miedo y la angustia antes que vivir anestesiada, antes que una vida vacía, sin pulso, sin sentido.

“Lo que está vivo se mueve”, me repito una y otra vez, y ese movimiento nunca es lineal. 

El crecimiento no es así:

Más bien se ve así:

O así:

El fin de semana, con Magma Bioenergética, dimos el taller Ser mi suelo, donde trabajamos el autosostén, el arraigo y el enraizamiento. Una de las participantes terminó el encuentro diciendo: “me tengo a mí”.

Me tengo a mí, nos tenemos. No tenemos que olvidarnos de que podemos contar con nosotras, que necesitamos ser compasivas con nuestra historia y nuestros procesos, que mientras estemos vivas podemos aprender y que, mientras estemos abiertas a ese aprendizaje, podemos transformarnos.

Quizás ese abrazo del que habla Galeano no es solo con otro. Quizás también es conmigo. Un abrazo que me rompe y me junta, que me pierde y me encuentra, que me termina y me empieza.

Me tengo a mí. Y en ese abrazo conmigo misma, puedo sostenerme para morir y nacer las veces que haga falta.



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